Primer viaje alrededor del mundo

Libro II

Evangelización de Cebú

Bautismo del rey Humabón

El , por haber prometido el rey al capitán convertirse en cristiano el domingo, elevose en la plaza, sacra ya, una tribuna con adornos de tapices y ramos de palma, donde bautizarlo y enviole a decir también que no se asustara en la aurora con los bombardazos, ya que era nuestra costumbre, en las fiestas sonadas, hacer sonar la pólvora en las piezas.

El domingo por la mañana y 14 de abril, bajamos a tierra cuarenta hombres, con dos de ellos en armadura completa y el estandarte real. Apenas nos encaminábamos, tronó toda la artillería. La población nos seguía de una a otra parte. Abrazáronse el rey y el capitán general. Díjole éste que la enseña real no se desembarcaba nunca sino con cincuenta hombres de la guisa en que andaban aquellos dos, más cincuenta escopeteros; pero, por su gran amor, había accedido a bajarla entonces. Tras de lo cual, alegres, se situaron frente a la tribuna. Sentáronse allí los dos sobre tronos de terciopelo rojos y morados, los jerarcas en cojines y otros sobre esteras.

El capitán indicó al rey por el intérprete, que debía dar gracias a Dios porque le inspirara para hacerse cristiano y que ahora vencería a sus enemigos con más facilidad que antes.

Respondió que quería ser cristiano; pero que algunos de sus principales no querían, porque alegaban ser tan hombres como él. Con esto, nuestro capitán ordenó llamar a todos los gentiles hombres del rey, comunicándoles que, si no le obedecían como a tal, los mataría inmediatamente y entregaría sus bienes al monarca. Respondieron que obedecerían. Dijo al rey que, apenas llegase a España, había de regresar con tanto poder, que lo convertiría en el rey mayor de aquellas partes, puesto que fuera el primero en decidir hacerse cristiano. Levantó el otro las manos al cielo, en gracias, apremiándole a que se quedara allá alguno de nosotros, para mejor instruir a aquel pueblo en la fe.

Respondió el capitán que, para contentarle, dejaría allí dos; sabrían informar a estos otros sobre las cosas de España.

En el medio de la plaza se colocó una gran cruz. Advirtió el capitán que si querían hacerse cristianos, como en jornadas anteriores manifestasen, era menester que quemaran todos sus ídolos, sustituyéndolos por una cruz y que, cada día, con las manos juntas, la adoraran; más cada mañana, sobre el rostro, hacer la señal de la cruz (enseñándoles cómo se hacía). Y a cualquier hora, por la mañana al menos, debían acercarse a esta cruz y adorarla de hinojos y que cuanto había dicho se esforzasen en confirmarlo con buenas obras. El rey y todos los suyos querían confirmar todo, en efecto. El capitán general explicó que se había vestido enteramente de blanco para demostrar su sincero amor hacia ellos. Respondieron que no sabían qué replicar a tan dulces palabras. Tras y por ellas, condujo el capitán al rey de la mano sobre la tribuna para que le bautizasen, diciéndole que se llamaría don Carlos, como el emperador su dueño; el príncipe, don Fernando, como el hermano del emperador; uno de los principales, Fernando también, por nuestro principal --el capitán, mejor dicho--, el moro, Cristóbal. Después, a quién un nombre, a quién otro.

Bautizáronse antes de la misa quinientos hombres. Oída aquélla, el capitán convidó a yantar consigo al rey y a otros principales. No aceptaron. Acompañáronnos hasta el rompeolas, dispararon nuevamente todas las bombardas y abrazáronse los jefes como despedida.

Globo de Schöner (ed. de Walls y Merino), via Benson Latin American Collection
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2022 Primer viaje alrededor del mundo. CC BY 4.0